La ley de la tierra

Los Otros Faros (otra canción de mar)
En mis tierras manchegas, sé de unos molinos que se piensan faros.
He visto llegar las olas hasta sus pies y escuché como su espuma blanca
en un loco discurrir, venía a morir ante sus atónitos pies de gigantes.
Cuatro molinos esperan en el cerro de San Antón
Faros que dominan mares de tierra y que aman al viento.
Senén, que por ahí merodea, trae noticias de otros lugares y de otros guardianes
Desde el sur, ataca la calima… los gigantes silban canciones de alisios.
Sube la noche, se encienden a modo de velas, millones de estrellas y constelaciones que se reflejan
en las tierras cristalinas.
Eolo se duerme, sus seis hijos y sus seis hijas descansan por fin, , cesa vuestro movimiento.
Durante un instante dos figuras vuelan entre las aspas y se van alejando poco a poco hacia unos mundos
en los que siguen soñando nuevos Quijanos.
En tierra firme (donde a veces se encuentran horizontes)
Más allá de las inmediatas llanuras, la vista consigue alcanzar ese lugar en el que alguien, esta vez amigo, busca
en tu dirección para que le devuelvas su mirada, tal y como él te la devolvió.
Unos pequeños cerros salpican el paisaje, ellos que anhelan ser montañas, luchan contra tu aburrimiento cortando
con las aspas de sus molinos el, por momentos, monótono discurrir de tu panorámica búsqueda.
La vid con su cepa paticorta, se agarra a su ocre tierra como si mañana un huracán fuera
a arrasar y a expulsar de su mundo a todo aquello que tuvo la temeridad de levantarse a más de cinco palmos
del suelo.
Es pronto, el sol aun condescendiente, no ha emprendido su abrasadora carrera hacia los mágicos reinos marinos
en los que piensa desplegar todos sus, todavía escondidos rojos con sus indescriptibles matices..
Por ahora, queda como perezosamente suspendido en ese enigmático lugar, en donde no existe su quemadura.
Al abrigo de unos olivos, los gañanes preparan las gachas, es un pretexto más para compartir vivencias personales
con los demás, (cosa que por estas tierras todavía sigue teniendo cierta importancia).
Una hogaza de pan blanco recién horneada y ya hambrienta de harina de tito, espera el momento de su perdida, ese
en el que ella servirá de catalizador y en el que cumplirá con el cotidiano milagro de hacer de la necesidad, placer.
Y mientras van mojando migas de pan en la perola, hablan de esas olas que nunca vieron y las hacen suyas, se prometen
mutuamente que al final de su dura jornada de labor, subirán una vez más a alguna de esas queridas cumbres, en las
que, juntos, soñarán con esos líquidos elementos de los que otros, tan bien saben hablar.
Navegaban por océanos de tierra, de repente el vigía desbordado de emoción, gritó:
¡Agua, agua, aguaaaaa!!
Joss
merci C. Baudelaire
